Bernabé estaba con una gran energía para seguir escribiendo. Después que su cuento breve había pasado la selección del concurso de la Revista Clarión, Bernabé creyó entender que estaba en camino a ser escritor. El cuento salió de la anécdota que le habían contado sobre un viajante, que habiendo llegado al pueblo enamora a Luisa Fonseca, hija del boticario. En los ochenta renglones que dura el cuento, narra las aventuras de la pareja y las persecuciones del padre para cortar esa relación. El final de la historia real es… de los que llamaríamos… feliz. Se casan, tienen hijos y la familia de Luisa termina aceptando al viajante. Bernabé, prefirió cambiar el final y le dio una resolución trágica: el viajante es asesinado por el boticario de dos tiros de escopeta en el pecho y Luisa, destruida, se mata cortándose las venas de su brazo izquierdo con un cuchillo de campamento que le había regalado el viajante. La escopeta y el cuchillo, como testigos de aquella tragedia se colocaron en una vitrina, en la entrada de la Intendencia. Bernabé pensó en aquello como un mensaje ante la incomprensión, la intolerancia y el no aceptar el verdadero amor. Los amantes de Verona, pero en una versión pueblerina.
Bernabé había torcido el recorrido de la historia real para que tuviera, según él, más impacto y movilizara al debate. La imaginación de Bernabé volaba. Pensar el final de aquel cuento le llevo su tiempo y hasta tuvo sus dudas. Aquella gente había existido en el pueblo hacia finales del 1800, no estaba seguro que hubiera descendientes vivos de esa pareja en la actualidad, pero...lo que el proponía era una ficción, una recreación, un juego de la ilusión , ¿A quién podría molestar?
Luego de un par de semanas la noticia se extendió en el pueblo…la Revista Clarión había premiado a Bernabé por su cuento y además del dinero del premio, la revista lo publicaba completo.
Amigos, familiares y las autoridades locales se habían comunicado con él para felicitarlo. Era su mejor momento. Los siguientes 6 días fueron maravillosos y llenos de gratas sorpresas. Un verdadero final feliz.
La noche del séptimo día, mientras estaba en su casa el timbre de calle sonó. Otro regalo y más felicitaciones… se dijo alegrándose por el éxito. Abrió la puerta y frente a sí se encontró con un hombre joven, muy demacrado y con el cabello revuelto. Antes de mediar palabra…el joven abrió su saco, le señaló dos grandes manchas rojas sobre su pecho, se veían húmedas. De la nada sacó una escopeta de dos caños y disparó sobre Bernabé toda su carga. Mientras disparaba, con llanto en los ojos gritó…”arruinaste mi vida y mi felicidad cambiado el final de la historia”. Bernabé cayó fulminado al piso. El joven había desaparecido.
A la mañana siguiente el titular de primera plana del diario local daba la noticia de la inesperada muerte de Bernabé. El forense declaró que la muerte fue por causas naturales. Lo llamativo era un gesto de sorpresa y horror que había desfigurado el rostro.
En pequeño recuadro también daba cuenta del robo en la biblioteca pública, sección museo local, de una colección privada de armas. En el robo, dijo la policía, solamente se llevaron una escopeta de caza, de dos caños y un par de cartuchos. La nota recordaba que en el predio de la actual biblioteca funcionó a principio del 900 la antigua Intendencia Municipal.
martes 12 de agosto de 2008
martes 29 de julio de 2008
La mirada
Casi como suspendido en el aire, mi mirada iba y venía barriendo el gran salón del Hotel Magulán de Barranquilla. La última en retirarse era ella. Siempre con vestido vaporoso y tacos muy altos. Más de una vez me sorprendí relojeando su ropa interior cuando se reflejaba en el piso brilloso del Salón Victoria, donde estaba ese verano. Roja, como su corpiño que se asomaba por el escote del vestido. Sus manos hacían juego con el marfil de la estatua de 20 centímetros realizada por el maestro Goloveer, un holandés que se había instalado en el Hotel a principios de siglo pasado y como se quedó sin plata, pagaba con obras de arte; alguna obra era vendida y otras adornaban el gran salón. Manos de marfil, piel de seda, vestido vaporoso, ojos como dos esmeraldas brillantes, profundas y excitantes…los zapatos con taco aguja y unas medias negras que marcaban con su costura el la parte posterior de la pierna la mitad exacta de aquella mujer. Líneas negras que unidas a otros meridianos corporales me ponían embobado y hasta entregado sumisamente a ella. Aquella belleza sumaba un busto sin par. Dos pechos redondos, medianos, bien formados y localizados en lugar justo…ni más ni menos. Todo era mucho, pero menos, que su cabello renegrido y naturalmente ondulado. Su cabello era una selva, donde con mucho placer hubiese terminado mis días de explorador itinerante, entregado a los accidentes geográficos más profundos y a los animales más salvaje.
Mi destino estaba atado a la pared sur del gran salón, solamente la expresión vivaz de mis ojos lograda por el maestro Botero podía crear la ilusión de movimiento y seguimiento de algún observador dedicado y atento. La seguiría observando y tramando encuentros con aquella belleza desconocida, realmente es difícil ser un retrato en un cuadro y tener el deseo de enamorarse.
Mi destino estaba atado a la pared sur del gran salón, solamente la expresión vivaz de mis ojos lograda por el maestro Botero podía crear la ilusión de movimiento y seguimiento de algún observador dedicado y atento. La seguiría observando y tramando encuentros con aquella belleza desconocida, realmente es difícil ser un retrato en un cuadro y tener el deseo de enamorarse.
jueves 3 de julio de 2008
Palabras lejanas
Cuando levantó la vista, el perro no estaba, pero sus ladridos seguían presentes. Eran como una deformación en el viento de unas palabras lejanas. Guau, guau, guau.r, gua..rd, gua..rd.a.
Si, seguro, se dijo en voz baja, como autoconversando con él mismo, guarda…eso era, “guarda”.
Guarda, guardar, cuidarse, fiesta de guardar, precaución, estate atento, mira por donde caminas, cuida tus espaldas, no seas tan confiado.
¿Qué más había dicho el perro aquel que ya no estaba presente?
¿Qué encerraban esos ladridos deformados por el viento?
A poco de andar un golpe seco en su nuca lo hizo caer.
La vecina del kiosco dijo que la ambulancia tardó 30 minutos.
Ya estaba sin vida.
El viento seguía trayendo palabras lejanas. El ya no estaba para traducirlas.
Si, seguro, se dijo en voz baja, como autoconversando con él mismo, guarda…eso era, “guarda”.
Guarda, guardar, cuidarse, fiesta de guardar, precaución, estate atento, mira por donde caminas, cuida tus espaldas, no seas tan confiado.
¿Qué más había dicho el perro aquel que ya no estaba presente?
¿Qué encerraban esos ladridos deformados por el viento?
A poco de andar un golpe seco en su nuca lo hizo caer.
La vecina del kiosco dijo que la ambulancia tardó 30 minutos.
Ya estaba sin vida.
El viento seguía trayendo palabras lejanas. El ya no estaba para traducirlas.
viernes 20 de junio de 2008
La casa de la calle empedrada
El camión de la mudanza partió con los muebles y los canastos repletos de objetos. Sus antiguos vecinos fueron pasando uno por uno, o en pequeños grupos, para despedirse. Muchos lamentaban lo sucedido y se ponían a sus órdenes, por cualquier necesidad personal. Ella los recibía de pie en el centro de lo que había sido su recibidor. De pie como soportando los embates de las olas frente al murallón en un día de tormenta y con mar embravecido. Cuando caía la tarde, las luces se apagaron en todas las habitaciones. La puerta del frente de la casa se abrió y no se oyó cuando se cerró. Desde Aquel momento no se tuvieron noticias de ella o su paradero.
La mudanza llegó a destino, ella no.
Ya hace muchos años que esa casa del final de la calle empedrada está desocupada. Algunos murmuran que había algo raro en ella.
El último pintor, que fue enviado para hacer algunos arreglos, comentó muy angustiado, que en la pequeña habitación del frente, el antiguo recibidor de la casa, faltaba el aire aún con las ventanas abiertas.
Había un intenso perfume a jazmín del país, cuando la planta se había secado hacía más de cinco años.
La araña central, cuando se encendía, producía destellos sorprendentes. Los viejos caireles de cristal, opacos por el tiempo, se iluminaban con fulgores de ojos ávidos de noches de fiestas familiares y de pérdidas irrecuperables. De sorpresas únicas y de silencios en la oscuridad. De promesas y juramentos, y de noches en vela junto a la ventana. Parecían como miradas penetrantes.
Nadie volvió a comprar la casa.
Nadie volvió a abrir la puerta del frente.
La pequeña araña del viejo recibidor sigue esperando volver a ser encendida.
La mudanza llegó a destino, ella no.
Ya hace muchos años que esa casa del final de la calle empedrada está desocupada. Algunos murmuran que había algo raro en ella.
El último pintor, que fue enviado para hacer algunos arreglos, comentó muy angustiado, que en la pequeña habitación del frente, el antiguo recibidor de la casa, faltaba el aire aún con las ventanas abiertas.
Había un intenso perfume a jazmín del país, cuando la planta se había secado hacía más de cinco años.
La araña central, cuando se encendía, producía destellos sorprendentes. Los viejos caireles de cristal, opacos por el tiempo, se iluminaban con fulgores de ojos ávidos de noches de fiestas familiares y de pérdidas irrecuperables. De sorpresas únicas y de silencios en la oscuridad. De promesas y juramentos, y de noches en vela junto a la ventana. Parecían como miradas penetrantes.
Nadie volvió a comprar la casa.
Nadie volvió a abrir la puerta del frente.
La pequeña araña del viejo recibidor sigue esperando volver a ser encendida.
viernes 6 de junio de 2008
Un beso
Colas de zorro
pinceles al viento,
dibujan tu sonrisa
en el justo momento.
Despiertas en mi sueño,
y sigo soñando,
despiertas en mi sueño,
y te sigo pintando.
Que raro reflejo deja en el cristal,
el aliento mío y tu perfume a azahar.
Que tibio torbellino de sábanas blancas,
que guardan caricias de intensas mañanas.
Seguiré soñando y tú, despierta en mi sueño,
tenderás la cama, ordenarás algunos pinceles,
y sobre al cristal empañado…como al descuido,
pinceles al viento,
dibujan tu sonrisa
en el justo momento.
Despiertas en mi sueño,
y sigo soñando,
despiertas en mi sueño,
y te sigo pintando.
Que raro reflejo deja en el cristal,
el aliento mío y tu perfume a azahar.
Que tibio torbellino de sábanas blancas,
que guardan caricias de intensas mañanas.
Seguiré soñando y tú, despierta en mi sueño,
tenderás la cama, ordenarás algunos pinceles,
y sobre al cristal empañado…como al descuido,
...dejarás un beso.
lunes 2 de junio de 2008
Vivir
¿Solo podré despertar
después de haber dormido?
¿Será la clave de hoy,
el haberte conocido?
Baja la velocidad,
el desvío está torcido.
Suma la diferencia…
y tendrás, lo que has vivido.
después de haber dormido?
¿Será la clave de hoy,
el haberte conocido?
Baja la velocidad,
el desvío está torcido.
Suma la diferencia…
y tendrás, lo que has vivido.
martes 13 de mayo de 2008
Gracias
En el descanso de la escalera, entre el cuarto y quinto piso, una sombra se aplicaba a sus necesidades más profundas. Los suspiros pusieron un marco entre el extintor y la luz de emergencia. Eran, por lo menos dos personas. Seguramente dos humanos entregados al placer de entrelazar sus cuerpos entre caricias y sudor corporal. El viejo ascensor subía y bajaba, en forma esporádica. La luz interior, marcaba las siluetas, recortaba los bordes, pero no permitía distinguir con claridad, a los amantes. La señora del octavo bajó para comprar algo para la merienda. Martina, del segundo, subió a la terraza para colgar la ropa recién lavada. En el descanso de la escalera, entre el cuarto y quinto piso, dos cuerpos se acribillaban a besos profundos y respiraciones cortas. Un tiempo de reencuentro y descubrimiento. Exploración y enigma. Impunidad y ansiedad. Un buen tiempo había pasado. Desde el quinto llamaron al ascensor. En el mismo tiempo alguien bajaba por las escaleras. La señora del octavo llegaba al edificio con su compra del almacén. Martina venía bajando con su balde desde la terraza.
--¿Cómo le va Oscar?- dijo la señora del octavo cuando se abrió la puerta del ascensor y salió el encargado suplente.
Aquel con una sonrisa, le franqueó el paso al ascensor, mientras se prendía un botón de la camisa de trabajo. En ese mismo momento, por la escalera, llegaba a la planta baja, Javier, el hijo adolescente de la doctora del sexto piso. Vestido con ese estilo informal, y casi desarreglado, de los chicos de hoy en día. Oscar le abrió la puerta de calle y Javier, sin mirarlo a los ojos dijo…”gracias”.
--¿Cómo le va Oscar?- dijo la señora del octavo cuando se abrió la puerta del ascensor y salió el encargado suplente.
Aquel con una sonrisa, le franqueó el paso al ascensor, mientras se prendía un botón de la camisa de trabajo. En ese mismo momento, por la escalera, llegaba a la planta baja, Javier, el hijo adolescente de la doctora del sexto piso. Vestido con ese estilo informal, y casi desarreglado, de los chicos de hoy en día. Oscar le abrió la puerta de calle y Javier, sin mirarlo a los ojos dijo…”gracias”.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)